Entradas de Diario de un Policía

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viernes, 26 de febrero de 2016

Entrada XIV - El olfato de un viejo sabueso

Intenté poner en orden mis ideas y, de paso, las de todos los demás pero nadie entendía la razón por la que Ana estaba presente entre nosotros ya que era superior en cargo a cualquiera de los que allí nos encontrábamos y no pertenecía a nuestra Unidad, hubiera sido preciso llamar a Antúnez para que se personara en el lugar del crimen pues él era el Inspector Jefe de nuestra Unidad. Por esta razón, Juan Goñi intentó aclararse de forma inminente.
  • Ana se encuentra aquí convocada por mí, por su demostrada capacidad en el análisis de crímenes de esta naturaleza y ante la posibilidad de que estuviera involucrada alguna célula u organización de la que pudiera dar alguna explicación la Unidad de la que es responsable. - Juan Goñi quería protegerse ante otro revés como el que teníamos frente a nosotros, mi presencia en el caso no parecía bastarle.
Ana empezó a realizar preguntas rutinarias un poco sofocada después de la mentira del juez, una maniobra burda que la dejaba de maestro de la plaza a la vista de todos haciendo, el veterano juez, de sobresaliente de la faena.
  • En realidad tengo poco que aportar al caso, estoy tan sorprendida como todos vosotros. De hecho no salgo de mi asombro. - El tono y la mirada cruzada hacia el Juez dejaba en evidencia que el cambio de tercio resultaba artificial y peligroso pues ese no era su morlaco. - La primera cuestión que debemos resolver es obtener su identificación, la documentación que aparece en sus bolsillos es la del Juez Antonio Vera pero, aunque la ropa que lleva es suya, es evidente que no es el juez a quien todos conocemos y respetamos. El que lo ha matado sabe del modus operandi del asesino y, al parecer, le ha imitado pues la descripción de este hombre coincide con el de Juan Bravo a tenor de las investigaciones. Quien haya cometido el crimen da la sensación de querer implicar a Antonio Vera, ¿puede ser esto Juan?, tú le conoces bien pero a mi me parece tan improbable...
  • Es posible que quiera implicarlo, pero, hasta donde yo recuerdo Antonio es incapaz de hacer daño a nadie; incluso dejó de imponer penas duras a partir de una cierta edad. Entre el mundillo siempre ha tenido fama de blando..., ya me entendéis; ninguno de vosotros quería entenderse con él cuando el criminal era un tipo peligroso. Quizá por eso, todos nos fuimos apartando poco a poco de él, dejó de ser lo duro que debemos ser al aplicar justicia ante tipos que son capaces de hacer cosas como esta. Desde luego algo debe de saber él de todo esto a tenor de lo que vemos aquí. Pero...
  • Para que tengamos algún dato... - Interrumpió Alonso algo inquieto por el curso personal que estaba tomando el discurso de Juan; Ana y él estaban más nerviosos de lo habitual, y era normal pues lo que había sucedido allí afectaba a un Juez de prestigio. Alonso demostró el temple que les había faltado a Goñi y a Allen. -...debo decir que las huellas y la imagen de este individuo no están archivadas en la policía, estamos investigando en los archivos de la Guardia Civil y del CNI a ver si allí lo tienen registrado; pero este asunto se complica porque la persona que considerábamos el principal sospechoso del asesinato de Idoya está muerto delante de nosotros..., y asesinado de la misma manera que él asesinó a Idoya.
  • Me parece que estamos olvidado la principal cuestión aquí y ahora: ¿donde está Antonio Vera? - interrumpí con carácter y determinación para orientar la investigación policial hacia donde se debía. - No contesta al móvil y nos advirtió de que estaría aquí en cinco minutos desde la llamada que hicimos en la Central, parece que nadie cree capaz al viejo juez de hacer esto de esta manera. Por eso lo esencial es encontrarlo.
  • Así es – Sentenció Alonso – Eso es lo primero que tenemos que hacer. - Ordenó a Nené y Michel que hicieran por organizar su busca y captura y seguí con el relato.
  • Esta especie de ritual parece inconcebible imputárselo a Antonio, es cierto, - Todos me miraban con la atención que merecía por mi experiencia en los turbios asuntos de esta ciudad, - pero aunque sólo sea para descartarlo debemos enfocar hacia él todas las sospechas y que sea él quien argumente lo que tenga que argumentar en su descargo. A un hombre afable como él le es imposible hacer esto, mas si añadimos que un anciano es incapaz de aplicar semejante castigo a un mastodonte como este; por todo lo demás, nuestra obligación es no descartar nada ya que hemos visto cosas peores.
Después de dejar al equipo de la Policía Científica analizando la escena del crimen – del segundo crimen similar en dos días consecutivos - decidimos ir a la Central tras un rápido almuerzo. Alonso, Ana y Juan nos dejaron, pero antes de irse Ana se acercó a mí para recomponer, de alguna manera, los lazos rotos que parecía necesario arreglar pues la carrera de ambos estaba marcada por aquel caso del 93.
  • Confiamos todos en tí. – Me dijo al oído antes de besarme con un afecto improbable hacía unas horas, parecía realmente preocupada.
La tarde concluyó entre informes y peritajes, sesudos análisis y conversaciones dentro de los distintos despachos: primero en el de un tenso Antúnez, luego en el de Alonso y por último en el mío propio con todo mi renovado equipo. La sensación de vulnerabilidad recorría la Unidad y la incertidumbre que deja tras de sí la pista que desaparece rondaba en el espíritu del Cuerpo de la Dirección General de la Policía, el caso parecía escapársenos de las manos, dos crímenes de carácter ritual en dos días eran mucho y las señales que apuntaban hacia un desaparecido Juez, también.
Harto del desconocimiento e inseguridad de la situación, pasé por la casa del viejo juez tras despedirme de la gente y antes de retirarme a mi propia casa. Salté el precinto policial de manera que nadie lo supiera, me puse unos guantes de látex y empecé a buscar alguna cosa, alguna pista que me ayudara a comprender lo que estaba pasando.
Tras una larga media hora buscando entre las muchos objetos que había en el despacho, justo debajo de la mesa del escritorio, parecía haber encontrado algo. Me agaché apoyándome en la rodilla derecha e intenté coger aquello, no era más que una mota de polvo, un diente de león de esas que soplábamos de pequeños para ver si volaba hacia arriba o caía irremisiblemente al suelo tras pedir un deseo que jamás recordaríamos si se había cumplido o no.
La sola idea de que la mota de polvo volase hacia arriba era sinónimo de éxito, una idea que me retrotrajo a la inocencia más primigenia de la infancia donde todo es magia. Me sonreí y agachado soplé pidiendo el deseo de encontrar alguna pista, la mota de polvo voló hacia arriba y golpeó en el techo. Con la misma sonrisa de cuando era un niño me levanté y apoyándome en la pata del escritorio me aupé desplazando el mueble hacia la pared que golpeó. Al desplazarse salió desde debajo de la cajonera una cadena de la que colgaba una medalla que ponía I.T.M y una pequeña llave. Decidí volver a casa para descansar y dar cuenta al día siguiente del hallazgo de lo que parecía ser la cadena del muerto. La llave parecía tener unas letras impresas que no apreciaba con la tenue luz de mi linterna.
Había ido a la casa del juez como un niño que escapa de las normas cuando todo parece absurdo e irreal, había ido para convencerme realmente de que era cierto todo lo que estaba sucediendo, y como un joven tramposo había rebuscado en procura de alguna prueba; en ese afán licencioso del "gambler", del jugador que lo arriesga todo por una buena mano había pedido un deseo infantil en una improbable mota de polvo, un deseo que parecía abrir una misteriosa puerta. Había arriesgado y tenía juego, no sabía hasta dónde alcanzaba la mano que se me había repartido, pero había juego que jugar al día siguiente porque el olfato de un viejo sabueso nunca falla.

Convencido de la dura realidad, me retiré a descansar con la fortuna de recuperar parte de la inocencia infantil al observar la directa relación que tiene la trayectoria de una mota de polvo con el juego de póquer que es la vida



Fin del Capítulo I

Continuará...

miércoles, 24 de febrero de 2016

Entrada XIII - Un muerto en el despacho del Juez Vera

  • No te va a gustar lo que vas a ver. - Acertó a decir después de un incómodo lapso de tiempo en el que yo le miraba expectante y él me miraba recuperando el pulso y la sensación de calor en un cuerpo congelado por la desagradable impresión.
  • Coño, Nené..., ¡que no eres un novato! - Me lo saqué de encima y avancé.
Entramos en la vivienda de Antonio que mostraba una entrada clásica - como cabía esperar - entre mármoles, granitos y cuadros de indudable calidad y sentido del equilibrio. A la derecha, el salón principal muy iluminado y elegante en tonos blanquinegros daba la sensación de una compensada construcción que definía la meticulosidad y sentido del orden del dueño de la misma.
Subimos a la planta superior siguiendo los pasos de Nené con su característico movimiento pesado y tranquilo, indicaba – así - el poco trabajo que íbamos a tener para salvar vida alguna o apresar al sospechoso. Las escaleras en mármol blanco se subían con facilidad de dos en dos y, en el despacho del juez, a la izquierda del pasillo superior entre muebles indianos de Teca, o de una madera similar,  vimos sobre el escritorio la terrible escena. El juez tenía amputado el brazo derecho - como la mujer de Juan Bravo, como el tipo del 93 - y reposaba sobre un expediente ensangrentado con un disparo en la cabeza.
  • ¡Joder!- Exclamó Michel visiblemente impactado por la escena- ¿Esto que cojones es?
  • Esto” es el caso a que nos enfrentamos, Michel. Nené, separa la silla de la mesa – ordené de modo imperativo.
  • Pero..., no debemos mover el cadáver - recordaron Michel y Edy al unísono, haciendo gala de un aprendizaje muy académico del tratamiento de los turbios asuntos.
  • En este caso sí, Edy, ya sabemos el patrón del asesino y la causa de la muerte, lo hemos visto hoy por la mañana en Juan Bravo. Si no comprobamos quién está muerto sobre el escritorio. ¿qué estamos haciendo aquí? Acabaremos comentando cosas no comprobadas y se montará un lío del carajo. - Corregí sobre la cruda realidad de la vida de un policía, Edy y Michel estaban muy verdes. Pero era mejor así, pues peor sería que nada les extrañara. Es mejor partir de un comportamiento inicial ético que justo lo contrario.
Nené empujo con suavidad la silla hacia nosotros sujetando el hombro izquierdo del juez para que no se desplomara hacia delante sino que cayera levemente sobre el respaldo. Esto dejaba al descubierto el pecho donde la cruz en forma de aspa desde los hombros hasta el vientre arrojaba luz sobre el grado de maldad del crimen cometido.
El corte profundo hecho con un arma específica, capaz de matar sin necesidad de un disparo, nos hacía concluir que el asesinato era anterior a la amputación y a la realización del aspa sobre el pecho del individuo, una amputación “post morten” que confirmaba el carácter ritual del crimen cometido.
Al caer el cuerpo sobre el respaldo de la silla, la cabeza giró hacia atrás mostrando el rostro rígido, pálido y aterrorizado de la víctima.
  • ¡Joder!- exclamé- ¡No es el Juez Vera! Edy, avisa cuanto antes a Alonso que acaban de matar al mismo asesino de Idoya, la mujer de Juan Bravo..., y de la misma manera con que ella fue asesinada.
  • Pero entonces, estamos más perdidos de lo que creíamos. - Exclamó Nené con cierta lógica
  • Esto es una locura que se escapa de toda lógica; necesitamos la documentación del individuo, mira en los bolsillos de la chaqueta y de los pantalones que tengo que hacer unas cuantas llamadas.
Después de quince o treinta minutos de espera aparecieron Juan Goñi, Ana Allen y el Jefe Alonso. La pregunta que todos nos hacíamos era qué era lo que teníamos ente manos, pues la muerta de Juan Bravo cuyo asesino parecía haber sido asesinado en la casa de un Juez que decía tener información relevante para el caso, parecía un rompecabezas de difícil anclaje.

El Juez Goñi estaba visiblemente descolocado, con el rostro desencajado y mirando para todas partes como tratando de buscar explicaciones a la escena de espanto, sangre y vísceras del despacho de su amigo. Los focos de la tragedia enfocaban a su rostro y nuestras miradas se hicieron inquisidoras de sus gestos mientras nuestros oídos esperaban sus primeras palabras. El contenido y el tono empleado al hablar iba a ser fundamental.
Vera no contestaba a ninguna de nuestras llamadas mientras Goñi permanecía inquieto y callado...


Continuará

lunes, 22 de febrero de 2016

Entrada XII - ¿Qué ha sucedido en casa del Juez Vera?

Tomamos rápidamente la M30 con las sirenas puestas y acelerando los potentes coches que nos habíamos agenciado, disfrutamos durante un breve espacio de tiempo del placer de circular a altas velocidades por donde la velocidad máxima permitida es excesivamente baja para los vehículos que llevábamos.
En esos momentos sientes que eres importante cuando los chiquillos se paran y te miran pasar mientras tú pones cara de estar por encima del bien y del mal con un pitillo en la comisura de los labios, las gafas de sol a medio caer o mascando un chicle con desgana; condición que se apreciaba especialmente en nuestros jóvenes e impuestos compañeros. En ellos, ese rostro era el de la primera vez: una mirada nítida, una intranquilidad tensa, un nervio palpitando en la comisura de los labios... Yo sabía que ellos - a partir de ese momento – habrían de buscar siempre esa sensación dulce de la primera vez, tal como todos hacemos.
A pesar de los años la seguía buscando como al principio de mi carrera, pero ya había aprendido que solo podría recuperarla en el rostro de los demás, cuando la candidez y la honestidad lo es todo, cuando llegar a casa y contar las aventuras del día es lo esencial de tu trabajo depoli”. Hacía mucho tiempo que no veía rostros como el de Edy y el de Michel, aquel rostro tenso que un día tuve..., y me gustó sentir de nuevo esa sensación.
Salimos de la M30 por la salida que conduce hacia Arturo Soria por un ramal, y hacia la Estación de Chamartín – por el otro  , deteniéndonos en la proximidad del número ZZZ de la calle, nos acercamos a la casa un poco a tientas, preparados para una merienda con relato informativo vacío de contenido, llamamos a la puerta. Nadie abrió.
La casa tenía dos plantas, estaba cercada por un muro blanco, limpio y brillante de dos metros de alto con un pequeño y discreto jardín por dentro muy del estilo de los que hay en esta calle de Madrid a esa altura. Una casa ciertamente imponente que encajaba con el perfil general de Arturo Soria. La casa parecía difícil de abordar desde cualquier otro lugar que no fuera la puerta de rejas metálicas, desde allí se apreciaba el tipo de vivienda equilibrada de que se trataba: una construcción en color blanco con cierres de aluminio del mismo color en las ventanas y cortinas discretas que la hacían intima y recogida hacia su interior; la puerta de madera blanca por la que se accedería al chalé aparecía impoluta y serena como el ambiente que le rodeaba.
Seguimos timbrando con la seguridad de que el juez nos esperaba en el interior de la casa, pues antes de salir de la Central habíamos llamado para quedar en firme con él. Esperamos el tiempo de rigor mirando de vez en cuando a ver si aparecía su automóvil por algún lugar como consecuencia de algún retraso impredecible.
  • Nené, esto es extraño. Entra y ábrenos que aquí pasa algo raro. - Le dije tras la tensa espera. Una situación tan tranquila como extraña que me hacía sospechar lo peor - Demasiada calma... - farfullaba en bajo mientras desabrochaba el botón de la funda de mi pistola.
  • No tenemos orden judicial. – Replicó Michel con gesto preocupado ante mi mirada impávida y los retadores ojos de Nené.
  • Lo que haya ocurrido, si es que ha ocurrido algo, ha pasado en estos veinte o treinta minutos últimos; esta tranquilidad no es normal. Si no ha sucedido nada, te aseguro que el juez no lo tendrá en cuenta..., en esta circunstancia sería la mejor de nuestras posibilidades y nosotros tenermos que ponernos siempre en lo peor. Así que no me jodas con un rigor absurdo de oficina, - le dije displicente a Michel - y entra de una puta vez, Nené.
Nené saltó con cierta facilidad tras la ayuda prestada por Michel y Edy. Su enorme corpachón ascendió con ligereza por el muro y se apoyó en la zona alta superando el obstáculo por una zona discreta. Esperamos un poco, el tiempo necesario y, a los cinco minutos se abrió la puerta enrejada tras el sonido de una apertura automática.
Entramos en el jardín y después en la casa que franqueaba Nené. Su rostro lívido, de piel traslúcida informaba de lo certera de mi premonición. Lo que había visto le había desencajado su rostro. Balbuceaba nervioso como si hubiera tenido su primera experiencia con un horrendo crimen...




Continuará


jueves, 18 de febrero de 2016

Entrada XI. ¿Lo haría para motivarme?

Le miré entre aturdido y sorprendido, convencido de que algo pasaba que se me escapaba. Por lo que recuerdo, Antonio pasaba por ser el mentor del Juez Goñi durante muchos años de su carrera dentro de la judicatura pero, desde su retirada, se habían distanciado bastante según comentaba el propio Juan. Quizá para Antonio llegaba el tiempo de la venganza y la ocasión parecía propicia si es que él sabía algo de lo del 93.
Podía poner sobre aviso a Juan pero preferí no hacerlo pues no quería hacer de momento ningún movimiento extraño, la normalidad iba a ser mi regla ya que si los vientos soplan fuertes hay que hacer lo mismo que siempre pero sin intentar cosas extravagantes; recordar lo básico y moverse con prudencia. Algo me iba inflando por dentro y lo estaba notando.
Me acerqué a la mesa de Edy y le ordené coger su placa y su pistola, e hice lo mismo con Nené y con Michel. Los rostros de la gente del Departamento se mostraban estupefactos y la irónica escena de ver un grupo tan heterogéneo se podía apreciar en sus miradas. Hacía más de veinte años que yo no salía de allí con más de una persona por compañía, y en cierto modo me mostré en el gesto algo misógino - cosa que no soy -, pero así actué a sus ojos pues algún papel hay que representar en este teatrillo cruel que es la vida.
Tan sorprendente era el equipo que había formado el Jefe utilizándome como escusa que mi semblante serio, contrariado y aturdido era la señal evidente de que más que un equipo parecía llevar una carga sobre mis espaldas. Una especie de pareja de viejos polis que se lleva a los niños al jardín de juegos.
Recogimos las llaves de un par de coches, nos llevamos un BMW 320i y un Mercedes SLK procedentes de alguna requisa por contrabando, recuerdo que les dije a los tres: ”si nos encabronan, al menos que lo hagan con clase.” Lo dije conscientemente para que pensaran que teníamos las manos libres, cosa que en un cuerpo de policía cuando eres joven - como eran dos de los chicos -, sonaba a gloria bendita hartos de hacer informes y pasar horas sobre un archivo leyendo un caso tras otro.
Ninguno de ellos se había salido de las normas más estrictas establecidas hasta esa fecha, dejando a salvo a Nené, que había rondado por el precipicio de lo ilícito varias veces en su vida. Recuerdo el caso en que fingió poner la pistola a un noruego “hijodeputa” por el mismo ojete para que cantara...; madre mía si cantó, largó hasta en gregoriano las misas de vísperas, pero aquel... era un tipo de cuidado.
Ahora podían aprender a ser policías de verdad, cuando descubrir a un asesino requiere saltarse determinadas normas, incluso la puta ley de la gravedad si es preciso; ¡eso es ser policía!, tener claro quién es el tipo y meterlo en la cárcel sí o sí, si el delito es grave. No soy de contar recuerdos – me hacen parecer mayor -, pero me gustaría saber qué harían los leguleyos de tres al cuarto que llenan los despachos de Madrid para solucionar el "asuntillo" aquel de cuando me lanzaron de un tercer piso y me partí la pierna con fractura limpia... y el resto como si nada. Seguro que andarían buscando en algún legajo el protocolo de actuación.

Sin ninguna duda, Alonso me había cabreado. Y yo tenía una pistola que sabía emplear para saber la verdad... ¿Lo haría queriendo para motivarme?

Imagen de www.zonanegativa.com

Continuará



miércoles, 17 de febrero de 2016

Entrada X: Michel, Edy y el Juez Vera

No me podía creer lo que estaba oyendo de Alonso; de su actitud y del tono empleado quedaba claro que me iba a costar cerrar el caso y esto significaba, con toda seguridad, reabrir aquel viejo expediente del 93, pues era el caso que aportaba más información al respecto. La consecuencia inmediata de eso: empitonar al juez de aquel caso, un buen juez cuya trayectoria profesional iba a quedar manchada por un error.
Alonso me obligaba a tomar una decisión: o seguir su línea de investigación revisando todos los expedientes anteriores o tapar las responsabilidades de los del año 93 evitando que tal asunto saliese a la luz, salvando a Juan Goñi el primero, pero no el último, pues estaba el fiscal, que tampoco había hecho nada por detener aquel proceso, los abogados que realizaron mal el trabajo de defensa de "El Piru" - extrañamente afines a la tesis de la propia fiscalía -, el Comisario Jefe que firmó todos los informes y todos mis compañeros de entonces.
A mí poco me tocaría de aquello y menos si actuaba decidido y de forma resolutiva en el tema, sin embargo, un cúmulo de despropósitos aislados no pueden anular la trayectoria impecable de muchos de esos hombres y mujeres, no era una cuestión de afectos sino de justicia, de mínimo sentido de la decencia.
  • Entonces..., para hacer eso..., hmm..., va a ser necesario utilizar guante de seda, ¿no? - hizo un gesto afirmativo con los hombros como señalando lo absurdo de explicitar la evidencia – De acuerdo..., entonces en ese caso..., sería mejor contar con Edy o con Michel para tratar el asunto, ¿no te parece? – De Edy decían que era la amante de Alonso, joven y resuelta y con buenas dotes para la investigación criminal; por otra parte, Michel era el policía mejor relacionado para este caso, ya que era el novio de la hija de Sierra, el fiscal.  – Creo que Nené – continué convencido de haber acertado con la exposición del asunto que me traía entre manos – no encaja mucho en el perfil del equipo que necesitamos, ¿no te parece?
  • Puede ser, sin embargo parece llevarse tan bien contigo. ¡Ese hombre te admira!..., no sé... del todo... por qué lo hace pero así es. Y en nuestra profesión la lealtad es esencial, ¿no crees? Sobre el tema de Michel y Edy considero que te pueden ser los dos de gran ayuda. – El tipo me estaba jodiendo el plan paso por paso pues la idea era compartir el asunto con Michel tan solo, ya que Edy carecía de la experiencia necesaria y esperaba que Alonso no la quisiera implicar en un asunto que parecía turbio.
Se había dado cuenta de la jugada y apostó por ver las cartas sin descomponerse por las habladurías sobre Edy ni con las relaciones arriesgadas de Michel. Así conservaba todo el poder sobre el equipo, respetando la cadena de mando y me obligaba a hacer un encaje de bolillos con el que perdía la independencia necesaria. Él no quería una célula independiente sino un grupo de trabajo jerarquizado con hilos en todas partes para administrar la investigación y tener la última palabra. ¿A qué venía tanto celo y tal desconfianza? Algo se cocía por las altas esferas que se me escapaba, más allá del Juez Goñi, más allá del Fiscal Sierra. Alonso me maniataba porque él mismo parecía maniatado.
No había aceptado ninguna de las propuestas realizadas, eso era nuevo para mí. ¿Qué habría hablado con el fiscal Sierra?. Miré a mi jefe como tal, ya que no podía hacerlo como al amigo que consideraba tener, al menos no me había sentido bien tratado ni considerado como si lo fuese. Cogí la pistola que había dejado encima de su mesa me coloqué la correa sobre la camisa blanca y me puse la chaqueta; empujé la silla con firmeza hacia atrás dejándola correr con esas ruedas quejicosas de las sillas veteranas y, cuando me iba por la puerta, me detuvo con una fuerte voz

- ¡Espera un momento!, a propósito de guantes de seda, me acaba de llamar el Juez Antonio Vera, lo conoces de toda la vida... aunque ahora está retirado, dice que tiene información sobre este asunto, ¿por qué no te llevas a Edy y le haces una entrevista en su casa?, por lo que me ha comentado creo va a resultar muy interesante y clarificador lo que te va a contar.



Continuará

martes, 16 de febrero de 2016

Novena entrada: Alonso, algunos datos y una mentira


  • Difícil caso el de Juan Bravo. - Alonso adoptó un tono distante y circunspecto al verme entrar en su despacho - Mujer de cuarenta años, guapa, soltera, con mucho dinero y muy buenas relaciones en todo Madrid. Con buenas amistades como la de Jorge Sierra, el que va a ser el fiscal del caso con toda seguridad. Supongo que ya lo sabías.
  • No, no lo sabía. A decir verdad nadie se prodiga en dar información por aquí. - Alonso parecía emplear un tono determinado como dando a entender que sabía algo de mis intenciones.
Su principal característica cuando trabajaba en las calles era su extraordinario olfato. Si hubiera que poner una imagen a su perfil de policía, habría que decir que Alonso era un “sabueso”. Su naturaleza desconfiada le empujaba a acertar casi siempre pero nunca sabías qué es lo que estaba pensando realmente. Los galones no parecían haber hecho mella en su acierto ni en las razones para mantener con él siempre una distancia prudencial.
A pesar de todo, di por hecho que no intuía nada de las pretensiones que traía al entrar en su despacho y continué.
  • Este no parece un caso más, no parecen delincuentes de baja estopa. - abrí el cuaderno de las anotaciones colocándome las gafas de pasta raída por los bordes para ver mejor mi letra de receta “solo para mis ojos”, levanté la mirada por encima de las viejas lentes y continué. - No creo que el asesino, asesinos o quien ordenó asesinarla tenga algo que ver con la chusma que solemos frecuentar en crímenes similares. La víctima se movía por un mundo muy alejado de esos delincuentes habituales, por otra parte. Su puesto de trabajo, sus relaciones familiares y sociales, el círculo por donde se movía muestra una mujer de cierto éxito. A pesar de no estar casada ni haber formado una familia, nada permite pensar en crímenes pasionales o grandes amenazas personales. No se trata, tampoco, de un robo ni de un intento de secuestro frustrado cuyo móvil hubiera podido ser obtener una recompensa. - Saqué las gafas depositadas sobre mi importante nariz, alcé nuevamente la mirada en dirección a los ojos firmes de Alonso y concluí. - Este asesinato se sale del marco habitual..., no hay riñas familiares ni grandes amenazas parecen tener algo que ver con este crimen. Es un asesinato con ciertas dosis de misterio en que lo difícil va a ser determinar su autor y descifrar la causa. Esa parece ser la pieza clave del asunto, en ella hay que empeñar los medios.
  • Sí, así es, el asunto va a ser complicado y si la prensa se entera se cebará... ya sabes de lo que hablo. De manera que, si no encontramos al culpable o culpables del asesinato vamos a tener presión de cojones. Tenemos poco margen de tiempo para que todo estalle por los aires. Es mejor centrarnos en el perfil del asesino cuanto antes, si tenemos el perfil el asunto es otra cosa. Pocos pueden ser capaces de hacer algo tan atroz. - Cambió su rostro según daba a su tono un matiz inquisidor -  ¿Tienes ya alguna hipótesis?
  • No, Alonso... ninguna – Nadie mentía como yo.

Boss


Continuará

viernes, 12 de febrero de 2016

Octava entrada: prescindir de Nené

Nené podría ser un problema, un grave problema, pues por su carácter nos pondría en un enorme compromiso sí o sí, porque orientar las pruebas para que apuntasen en la dirección que nos fuera conveniente era algo así como una blasfemia para Nené. El asunto había que pillarlo a la primera y sin dar demasiadas explicaciones pues la rectitud en este caso pondría a gente válida bajo los caballos vengativos de la gente mediocre e impediría encontrar al verdadero delincuente. Su carácter íntegro era fantástico en otros casos pero nos produciría verdaderos problemas en este momento.

Su forma de ser me obligaba a prescindir del Nené.

Llegamos a la Brigada Central de Homicidios y Desaparecidos en donde los fríos muros cobijaban los silencios tensos de un asunto que ya se sospechaba turbio a todos los niveles, el cielo reflejaba la calidez de un largo verano que se extendía hasta adentrarse en los mediados de octubre, justo cuando el otoño se hace el señor de las tierras que rodean Madrid. Un entorno que pocos valoran pero cuya variedad paisajística es extraordinaria ya sea en los antiguos territorios de caza de los Reyes de España como en los parajes de dehesa de la Sierra media donde los amplias estepas de encina y jara sirven de paso obligado a la poderosa sierra donde los primeros copos de nieve suelen aparecer.

No sería así este año, el verano se prolongaba, los pantanos se vaciarían y la estepa comenzaría desecada y agónica a la espera de las primeras lluvias del otoño para regresar al gozoso tono verde de las primeras aguas que la tierra agradece cobrando relieve y sujetando la ansiada humedad que los vientos del norte depositan sobre la aridez de un campo sediento.

Entrar en la oficina era volver a un lugar donde el tiempo se detenía entre las mesas y las sillas de un mobiliario eterno como las personas que allí pululaban, las mismas siempre. Quizá una de las razones por las que me gustaba alternar con gente nueva era que su inocencia y buena disposición renovaban el espacio interior, lo cual permitía continuar con la lucha diaria.

Quedarme estancado era el peor de los mundos posibles; allí observaba a policías que se habían convertido en piezas del mobiliario, personas cuyo trabajo era pura rutina que empezaba con un buenos días y concluía con un hasta mañana cortés y poco implicado. Mi corazón albergaba el deseo de morir con las botas puestas y haría lo que fuera para no morir sobre mi mesa mirando el calendario para ver qué día tocaba tachar hoy en la Central, sino peleando por mantener vivo el espíritu que un día me empujo a ser policía.


Decidido a que fuera la calle la que me echara de la vida profesional y no el tedio de mi propio despacho, me dirigí al que frecuentaba el jefe obligado a permanecer vigilante en ese puesto el hombre que antaño había sido uno de los mejores policías que había conocido. De carácter afable y cercano era, a pesar del rango, un amigo que valoraba su independencia de criterio como rasgo de su forma de ejercer el mando.


Cerré la puerta al pasar y levantó la mirada de forma inquisitorial como indicando que esta vez mi amigo Alonso me iba a plantar cara.



Continuará